Ella lo sabía. Las mujeres tienen un instinto especial para esos detalles. Por eso se había pasado delante del espejo de su armario más de hora y media decidiendo qué iba a ponerse.Encima de la cama se acumulaban desordenadamente picantes tangas, sujetadores con rrelleno, camisetas de tirantes, pantalones vaqueros y de chandal, e incluso algunas minifaldas de cintura baja.
Él estaba loco por ella, llevaba años sabiendo eso. Y también sabía que era algo puramente sexual, algo instintivo y animal.
Así que allí estaba a su lado, una vez más. Con la escasa ropa, elegida a conciencia, bien ajustada, mostrándole el erótico canalillo de sus tetas apretadas, dejándole ver el sensual ombligo, parte de sus huesudas caderas, y paseándole de vez en cuando, por su poco disimulada mirada, los hoyuelos del final de su espalda, e incluso las tiras provocativas de su tanga asomando por sus pantalones de cintura descaradamente baja.
Le encantaba descubrir, de improviso, su mirada alucinada fija en cada una de sus curvas. A veces, incluso era capaz de adivinar la erección de su pene bajo el pantalón.
Y como mujer, contumaz perversa en ebullición, en ocasiones decidía maltratarlo un poquito más. Llevarlo al límite. Entonces aparecía ante él sin ropa interior, y con las ‘posturas’ adecuadas se lo dejaba entrever. Él parecía enloquecer bajo su máscara poco conseguida del disimulo.
Le daba la risa tonta muchas veces (sin poder evitarlo) viendo las posturitas que adoptaba tratando de ‘observar’ todo lo posible de aquel cuerpecillo suyo tan bien diseñado por la madre naturaleza.
¿Para qué tengo un cuerpo como este si no es para divertirme con él, a su costa?
Aquella reflexión la llegaba a excitar. Entonces le gustaba fantasear con las cosas que le estarían pasando por la cabeza a él.
No le costaba mucho adivinar. Literalmente la desnudaba con la mirada. Sabía que podría estar imaginándola en cualquier parte de la casa (el baño principal, por ejemplo), aún con toda la familia alrededor de la mesa, haciéndole toda clase de perversidades sexuales, lamiendo aquí y allá, todo su cuerpo, paseando sus manos temblorosas de excitación por sus tetas, por su culito apretado, con aquel paquete a punto de extallarle de placer. Tomándola por detrás, dándole a probar toda su virilidad.
En fin, que su imaginación calenturienta provocada por su mismo afán de provocación, se desbordaba de tal manera que alguna vez había tenido que correr al cuarto de baño para aliviar su sofoco. Sabiendo que él mismo lo habría hecho, quizás, momentos antes que ella, o tal vez, poco después.
Era el divertido juego de la fantasía sexual.
¿Qué importaba que fuera con él?
(Relato cedido por H.P. Lovesmall) (Fotografía de Martin Kovalik)

No hay comentarios:
Publicar un comentario