miércoles, 14 de noviembre de 2007
Ella era ENORME
Siempre tiene que haber una primera vez, me repetí hasta la saciedad. Mi vida social, y por añadidura sexual, era un auténtico desastre. Y si la única solución que se me había ocurrido para aquel fin de semana desesperado había consistido en una cita a ciegas... pues habría que echarle valor. Y asi lo hice.Ambos buscábamos lo mismo: SEXO, sin más. Y su voz me había parecido de lo más sensual y excitante al teléfono. Así que allí estaba yo, a punto de traspasar la puerta del Hostal Teresa, con la curiosidad por montera y la verguenza olvidada por algún rincón de mi casa.
La habitación: la 112. Llamé con los nudillos y al poco la puerta se abrió.
Ella era ENORME. Me quedé inmóvil en el umbral de la puerta, incapaz de reaccionar durante un instante que me pareció eterno.
¿Pasas o qué? dijo ella tan solo.
Y, bueno, pasé. Estaba allí ¿no? Así que entré en aquella habitación del Hostal Teresa.
¿No soy lo que esperabas? preguntó mientras se apartaba para que yo entrara.
Y la verdad era que no, no era lo que yo había esperado, imaginado, soñado. Pero su voz sí era la misma; sensual, provocativa y erótica.
Buscabas sexo ¿no es eso? preguntó ante mi silencio.
Asentí con la cabeza mientras empezaba a perder el miedo, a superar la decepción inicial. Y entonces algo cambió. Si, era gruesa... no, enorme, mas bien enorme. Sin embargo, si uno se fijaba con más detenimiento en aquella mujer, aparecía una imagen de ella más atractiva, muy sensual. Con aquella carita dulce, con sus labios carnosos y mirada azul, transparente y tierna. Y su cuerpo. Bueno, llevaba un vestido ceñido y muy escotado, y bajo él se apreciaba un cuerpo exhuberante, femenino y rebosante de sexo.
Si, dije por fin, sólo sexo.
Sonreimos los dos. Y entonces nos lanzamos.
Ella manejó la situación. Me quitó la ropa con delicadeza, con dulzura, y luego se desnudó para mí. Aquella sola maniobra me puso a cien.
Si, era una mujer gorda, con unos pechos enormes, y un trasero gigantesco, pero era toda ella PURO EROTISMO.
Así que se desató la pasión entre nosotros, el frenesí.
El encuentro duró unas dos horas y media, y finalmente, habré de reconocer que aquella fue una tarde de SEXO en estado puro, salvaje, desenfrenado, como no había experimentado en toda mi vida.
Desde entonces, cuando veo a una mujer gruesa, sueño con tener un encuentro sexual con ella, esperando repetir una experiencia como aquella.
(Relato cedido por H.P. Lovesmall) (Fotografía de Beauty-Photos)
sábado, 3 de noviembre de 2007
Un Divertido Juego
Ella lo sabía. Las mujeres tienen un instinto especial para esos detalles. Por eso se había pasado delante del espejo de su armario más de hora y media decidiendo qué iba a ponerse.Encima de la cama se acumulaban desordenadamente picantes tangas, sujetadores con rrelleno, camisetas de tirantes, pantalones vaqueros y de chandal, e incluso algunas minifaldas de cintura baja.
Él estaba loco por ella, llevaba años sabiendo eso. Y también sabía que era algo puramente sexual, algo instintivo y animal.
Así que allí estaba a su lado, una vez más. Con la escasa ropa, elegida a conciencia, bien ajustada, mostrándole el erótico canalillo de sus tetas apretadas, dejándole ver el sensual ombligo, parte de sus huesudas caderas, y paseándole de vez en cuando, por su poco disimulada mirada, los hoyuelos del final de su espalda, e incluso las tiras provocativas de su tanga asomando por sus pantalones de cintura descaradamente baja.
Le encantaba descubrir, de improviso, su mirada alucinada fija en cada una de sus curvas. A veces, incluso era capaz de adivinar la erección de su pene bajo el pantalón.
Y como mujer, contumaz perversa en ebullición, en ocasiones decidía maltratarlo un poquito más. Llevarlo al límite. Entonces aparecía ante él sin ropa interior, y con las ‘posturas’ adecuadas se lo dejaba entrever. Él parecía enloquecer bajo su máscara poco conseguida del disimulo.
Le daba la risa tonta muchas veces (sin poder evitarlo) viendo las posturitas que adoptaba tratando de ‘observar’ todo lo posible de aquel cuerpecillo suyo tan bien diseñado por la madre naturaleza.
¿Para qué tengo un cuerpo como este si no es para divertirme con él, a su costa?
Aquella reflexión la llegaba a excitar. Entonces le gustaba fantasear con las cosas que le estarían pasando por la cabeza a él.
No le costaba mucho adivinar. Literalmente la desnudaba con la mirada. Sabía que podría estar imaginándola en cualquier parte de la casa (el baño principal, por ejemplo), aún con toda la familia alrededor de la mesa, haciéndole toda clase de perversidades sexuales, lamiendo aquí y allá, todo su cuerpo, paseando sus manos temblorosas de excitación por sus tetas, por su culito apretado, con aquel paquete a punto de extallarle de placer. Tomándola por detrás, dándole a probar toda su virilidad.
En fin, que su imaginación calenturienta provocada por su mismo afán de provocación, se desbordaba de tal manera que alguna vez había tenido que correr al cuarto de baño para aliviar su sofoco. Sabiendo que él mismo lo habría hecho, quizás, momentos antes que ella, o tal vez, poco después.
Era el divertido juego de la fantasía sexual.
¿Qué importaba que fuera con él?
(Relato cedido por H.P. Lovesmall) (Fotografía de Martin Kovalik)
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