
Una vez más me descubro mirando su fotografía. No puedo evitarlo. Ella no está. Hace tanto que no está. Asi que, otra vez, aquí estoy mirando su fotografía.
Está tumbada en su cama, de lado, mirando hacia el objetivo de la cámara, sabiéndose observada. La larga melena echada hacia atrás. El escote pronunciado y provocativo muestra generosamente su pecho. Mis ojos no pueden quitar la vista de tan erótica zona.
La mirada es triste, jamás sabré por que. Si por lo que fue, o por lo que pudo ser. No lo sé... pero está triste.
Sus labios sensuales me vuelven loco. Me imagino besándolos muy dulcemente, con pasión después, con lujuria al fin.
Los imagino besando mi cuerpo, recorriéndolo lascivamente, deteniéndose en mi pene.
Y ya estoy de nuevo excitado, con su sola imagen en la fotografía.
Me veo acariciando esos pechos apretados que tan descaradamente me muestra. Estrujándolos, besándolos, succionando de sus pequeños pezones.
Es sólo el principio, al volver a contemplar la foto. Después se desencadena todo. La veo montada encima mio, de espaldas, contorneándose, conmigo dentro de ella. Veo cómo arquea su lisa espalda.
Seguidamente se gira hacia mí, sudorosa, resplandeciendo como una diosa. Acaricio sus tetas, pellizco sus pezones (me cuesta cogerlos entre mis dedos nerviosos). Recorro con mis manos su fina cintura, sus caderas bien marcadas, las nalgas endurecidas.
Ella se arquea de placer, echando la cabeza hacia atrás y rozando con su negra melena mis piernas... entonces me corro, la inundo de mí.
Ella gime de placer, se retuerce conmigo dentro aún.
Finalmente se vence sobre mí y nos fundimos en un abrazo de pulpo, entrelazados los dos, como si quisieramos impedir que nadie nos separara jamás.
Pero todo tiene un final.
Vuelvo a dejar la fotografía entre las páginas del Rojo y Negro de Stendhal y me despido de ella hasta nunca más.
Hasta siempre.

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