
Un grito me despertó en mitad de la noche. Estaba sentado en la cama, con el corazón golpeando mi pecho a mil por hora. Escuchando atento en la oscuridad. ¿Había sido real, o tan solo producto de mi imaginación, de mis sueños?
De repente otra vez; un grito. Esta vez lo pude escuchar nitidamente. Pero no se trataba de un grito de terror, de pánico, ni tan siquiera de miedo. Era otro tipo de grito.
Allí estaba de nuevo, rasgando la noche. Pero ahora sonaba como a una sucesión de pequeños gritos, casi gemidos.
Me levanté echando una mirada al despertador: las 4.37 de la madrugada.
Ahora ya estaba sudorodo; el calor de esa noche de verano, la excitación.
Me dirigí hacia el comedor y salí sigilosamente al balcón. Éste daba a un patio vecinal interior. Todas las ventanas estaban a oscuras. Ninguna luz.
De nuevo el grito... no, el gemido. Sonó justo enfrente de mi balcón.
Y sí; al aguzar la vista, un pequeño resplandor azulado se dejó ver en el ventanal de un balcón, al otro lado del patio.
Corrí inconscientemente a por los pequeños prismáticos de campaña. Los apoyé sobre la baranda de cemento para evitar la vibración de mi corazón desbocado y los enfoqué no sin cierta dificultad.
La luz provenía aparentemente de un televisor, y su azulada y oscilante luz me permitió contemplar el brillante cuerpo de una mujer bastante gruesa contorneándose encima de un tipo sobre la cama. Los movimientos de la mujer negra resultaban hechizantes. Se recorría el sudoroso cuerpo con sus manos, acariciándose lascivamente los enormes pechos, que se movían con una cadencia erótica y sexual.
De vez en cuando el tipo la empujaba hacia arriba y entonces ella repetía aquella mezcla de grito y gemido.
Yo sentía como mi pene se hinchaba hasta parecer que iba a estallar en cualquier momento. Casi sentía más dolor que placer.
La situación se prolongó durante bastantes minutos. Yo no me cansaba de mirar aquello. Arrodillado contra el murete de obra me acariciaba la entrepierna.
Entonces, en un momento dado, el tipo se la quitó de encima bruscamente, ella se arrodilló y él le introdujo el miembro en su boca... y entonces ella pareció enloquecer, con aquellos movimientos surrealistas de su cabeza; hacia delante y hacia atrás, girando helicoidalmente engulléndose aquel gran pene, ¿cómo diablos podía efectuar aquellos movimientos?
Ahora fue un grito de hombre lo que se escuchó en el silencio del patio interior.
Yo notaba cada vez más dolor entre mis piernas.
Llegó a ser tan intenso que acabé gritando también, de dolor, de placer.
Me incorporé en la cama, sudoroso, excitado, con el corazón latiéndome a mil por hora...
¿Había sido real?
¿Había gritado yo?
(Relato cedido por H.P. Lovesmall)
De repente otra vez; un grito. Esta vez lo pude escuchar nitidamente. Pero no se trataba de un grito de terror, de pánico, ni tan siquiera de miedo. Era otro tipo de grito.
Allí estaba de nuevo, rasgando la noche. Pero ahora sonaba como a una sucesión de pequeños gritos, casi gemidos.
Me levanté echando una mirada al despertador: las 4.37 de la madrugada.
Ahora ya estaba sudorodo; el calor de esa noche de verano, la excitación.
Me dirigí hacia el comedor y salí sigilosamente al balcón. Éste daba a un patio vecinal interior. Todas las ventanas estaban a oscuras. Ninguna luz.
De nuevo el grito... no, el gemido. Sonó justo enfrente de mi balcón.
Y sí; al aguzar la vista, un pequeño resplandor azulado se dejó ver en el ventanal de un balcón, al otro lado del patio.
Corrí inconscientemente a por los pequeños prismáticos de campaña. Los apoyé sobre la baranda de cemento para evitar la vibración de mi corazón desbocado y los enfoqué no sin cierta dificultad.
La luz provenía aparentemente de un televisor, y su azulada y oscilante luz me permitió contemplar el brillante cuerpo de una mujer bastante gruesa contorneándose encima de un tipo sobre la cama. Los movimientos de la mujer negra resultaban hechizantes. Se recorría el sudoroso cuerpo con sus manos, acariciándose lascivamente los enormes pechos, que se movían con una cadencia erótica y sexual.
De vez en cuando el tipo la empujaba hacia arriba y entonces ella repetía aquella mezcla de grito y gemido.
Yo sentía como mi pene se hinchaba hasta parecer que iba a estallar en cualquier momento. Casi sentía más dolor que placer.
La situación se prolongó durante bastantes minutos. Yo no me cansaba de mirar aquello. Arrodillado contra el murete de obra me acariciaba la entrepierna.
Entonces, en un momento dado, el tipo se la quitó de encima bruscamente, ella se arrodilló y él le introdujo el miembro en su boca... y entonces ella pareció enloquecer, con aquellos movimientos surrealistas de su cabeza; hacia delante y hacia atrás, girando helicoidalmente engulléndose aquel gran pene, ¿cómo diablos podía efectuar aquellos movimientos?
Ahora fue un grito de hombre lo que se escuchó en el silencio del patio interior.
Yo notaba cada vez más dolor entre mis piernas.
Llegó a ser tan intenso que acabé gritando también, de dolor, de placer.
Me incorporé en la cama, sudoroso, excitado, con el corazón latiéndome a mil por hora...
¿Había sido real?
¿Había gritado yo?
(Relato cedido por H.P. Lovesmall)













